Hay regalos que permanecen en nuestra memoria. Porque encajan con nosotros. Porque una tarjeta recoge algo que nosotros mismos ya casi habíamos olvidado. O porque, al desenvolverlo, nos damos cuenta de que alguien nos ha escuchado.
También en el ámbito empresarial, los regalos pueden despertar este sentimiento.
Pueden servir para reconocer una colaboración, conmemorar un éxito compartido o demostrar a una persona que se ha valorado su aportación.
Y, sin embargo, llama la atención lo similares que son muchos regalos de empresa. Un embalaje de alta calidad, un producto selecto, quizá el logotipo de la empresa. Todo organizado con esmero. Lo que a veces falta es el toque personal.
La cuestión de cuál es el regalo adecuado suele surgir demasiado pronto
Quien planea un regalo de empresa suele empezar por buscar un producto. ¿Qué se ajusta al presupuesto? ¿Qué se puede encargar en la cantidad necesaria? ¿Qué podría gustar?
Estas preguntas son parte del proceso. Sin embargo, antes de pasar a la selección, merece la pena dedicar un momento a pensar en las personas que van a recibir el regalo.
¿Qué nos une? ¿Por qué queremos dar las gracias? ¿Qué sabemos de la persona a la que vamos a obsequiar?
Quizás alguien haya colaborado durante meses en un proyecto exigente. Quizás, a lo largo de los años, se haya forjado una gran confianza a partir de una primera colaboración. Quizás esté comenzando ahora mismo una nueva etapa profesional.
Un regalo cobra significado cuando refleja alguno de estos aspectos.
«Personal» no significa necesariamente «individual».
El mero hecho de que un producto lleve un nombre no convierte un regalo en algo personal.
Lo personal surge cuando alguien se reconoce a sí mismo. En una idea que encaja con sus propios intereses. En un detalle que le recuerda una conversación. O en unas pocas palabras que resumen a la perfección por qué se le valora.
Para ello no siempre es necesario un diseño a medida. Incluso un regalo para todo un equipo puede tener un toque personal: una experiencia compartida, un hito especial o un agradecimiento con el que todos se sientan identificados.
Lo decisivo es la atención que precede a la elección. A menudo, esta se aprecia en los pequeños detalles.
La marca forma parte de la reflexión
Un regalo de empresa también dice mucho de la empresa que lo entrega. Refleja cómo cultiva las relaciones y la importancia que concede al reconocimiento en el día a día.
Esta actitud puede percibirse en la calidad de los materiales, en un diseño esmerado o en la forma en que se entrega el regalo. Para ello, no siempre es necesario un logotipo visible.
Quien apuesta por la precisión puede demostrarla hasta en el más mínimo detalle. Quien cuenta con la sostenibilidad entre sus valores debería tenerla en cuenta a la hora de elegir el origen, el embalaje y la utilidad del regalo.
De este modo se crea un vínculo con la marca que resulta natural.
El presupuesto determina el marco, no la importancia
El precio de un regalo dice poco sobre lo mucho que significa para una persona.
Por supuesto, un presupuesto más elevado abre otras posibilidades. Sin embargo, incluso un pequeño regalo puede quedar grabado en la memoria durante mucho tiempo si se elige bien y se entrega en el momento adecuado.
Precisamente en el ámbito empresarial, el esmero implica también tener tacto para lo que resulta adecuado. Un regalo debe causar alegría y ser bien recibido. Las directrices internas, las diferencias culturales y la relación concreta con la persona en cuestión desempeñan un papel importante en este sentido.
Un buen asesoramiento en materia de regalos aúna todas estas consideraciones. Para que una bonita idea se convierta en un gesto que resulte adecuado para ambas partes.
Lo que queda al final
Un buen regalo de empresa no tiene por qué ser grande. Tampoco tiene por qué impresionar a primera vista.
Quizá acabe sobre un escritorio más adelante. Quizá se utilice en el día a día. Quizá sea la tarjeta que alguien guarde.
Lo que perdura es la sensación de haber sido visto y valorado.
Ahí radica, para mí, el valor de un buen regalo. Y la razón por la que el trabajo comienza mucho antes de la selección del producto.
Diana Hoge